ODA A LA ARGUS ABANDONADA
Vecino. Informacion.

Me la he encontrado un lata solitaria en el lugar en que el lector la ve. Podía haberla cogido y tirarla al contenedor de la basura, pero no lo he hecho. La he dejado en esa posición para comprobar cuánto tiempo permanecería ahí sin inmutarse lo más mínimo. Y lo cierto es que han pasado varios días y que, como yo, muchas personas han tenido la ocasión de cogerla y llevarla al lugar que le correspondía, pero tampoco lo han hecho. Finalmente, he terminado, al quinto día, de cogerla y tirarla al contenedor más próximo. Verla me ha parecido ser el contraste hiriente entre el esfuerzo colectivo de la gente por mantener un espacio común y el desprecio individual que lo ensucia. Esa lata de cerveza Argus, abandonada en un escalón que debería ser de paso y no de vertedero, es efectivamente un pequeño monumento a la pereza cívica. Curiosa situación. Alguien que busca un momento de “suave” placer (como reza la lata) y deja tras de sí un grosero rastro repelente para el resto de la comunidad. Y se me ha ocurrido escribir el siguiente poema, porque condenar el hecho con palabras del arroyo no parece tener consecuencia alguna, ni a nivel individual ni colectivo, pues no es la primera vez que lamentamos que alguien deje distintos restos de lo que consume en el lugar donde le pilles sus almorranas personales.
POEMA A UNA LATA SOLITARIA DE CERVEZA
Allí yaces, cilindro de aluminio y desidia, reina verde de un peldaño que no te pertenece, erigida en monumento a la envidia de quien consume, eructa y desaparece. Eres el cáliz de la mala educación, vaciada de malta, pero llena de soberbia, un estorbo de 330 mililitros de decepción que en la piedra del pueblo se vuelve proverbio. ¡Oh, musa metálica del incívico vecino! Que no pudo cargar con tus gramos de vacío, y prefirió alterar el orden del camino con el gesto arrogante del que no siente frío por el bien común, ni por el brillo ajeno. Eres la metáfora perfecta del egoísmo: un objeto que ayer calmó un deseo ajeno, y hoy es el ancla que nos hunde en el mismo lodo de suciedad del que el necio va lleno. Brilla, lata, bajo el sol de la plaza, testigo mudo de un pueblo que se ensucia solo, mientras el culpable en su casa descansa, creyendo que el mundo es, simplemente, su dolo.
Serventesio

