AGUA EMBOTELLADA
Vecino. Informacion.

No hay ocasión en la que, al ir al súper, me encuentre, no con una, sino con varias personas llevando en el carro de la compra un montón de garrafas de agua. Al contemplar esta imagen, me hago unas cuantas preguntas, de las que sobresale una: “¿Por qué?”. ¿Acaso el agua de boca de nuestras casas no es potable? No se me ocurre pedir una respuesta, porque me puedo llevar un zasca de mil pares de narices. Y, además, no soy quién para decirle a nadie qué agua debe beber, si la que el ayuntamiento considera potable o la que a estas personas les parece mejor. Son tan libres de hacer lo que ellas quieren como yo de pensar lo que me parezca y guardármelo en la azotea mental. ¿Y qué es lo hay en ese zaguán? Pues un manojo de reflexiones que planto aquí para quien desee rumiarlas.
Lo primero que veo es una falta de confianza en el Ayuntamiento y un comportamiento colectivo marcado por la resignación y la contradicción. Porque lo es no creer al Ayuntamiento cuando nos dice que el agua de boca es potable y no beberla. O si le creen, lo único que dicen: “Vale, pero te la bebes, tú”.
Comprensible. Si la ciudadanía se ha visto asediada en ocasiones por esos peligrosos nitritos, es lógico que el cerebro active un mecanismo de defensa y de rechazo. La población es conductista por naturaleza y aplica un principio de precaución permanente ante cualquier amenaza exterior. No me fío y prefiero prevenir. En cualquier caso, la autoridad moral del ayuntamiento queda por los suelos.
Lo segundo que observo es que la tendencia que se está instalando en el pueblo es el camino hacia una privatización de la seguridad. Incluso, personas que son defensoras de lo público compran agua embotellada cuando no es necesario hacerlo desde el punto de vista de la salud, pues esta está garantizada por la autoridad del ayuntamiento. Y si en esta materia no te fías del Ayuntamiento, entonces, apaga y vámonos. No puede fiarte de nada de lo que diga y haga.
No es cuestión de repartir culpabilidades, pero es evidente que, cuando lo público falla -y en el caso del servicio del agua está fallando-, el individuo deja de ver el agua como un derecho y empieza a verla como una mercancía que debe gestionar por su cuenta para proteger su salud. ¿Es la respuesta lógica? Mas bien es una respuesta psicológica al miedo o a la ansiedad que provoca el “¿y si está contaminada el agua y nos produce una enfermedad a corto y a largo plazo?”. Así que lo que se instala en el cerebro de uno es el eslogan asociativo de que “comprar el plástico es comprar tranquilidad”. El hábito se hace costumbre y la costumbre anula la reflexión.
Lo tercero que veo es otra consecuencia nefasta. Si la población se acostumbra a que “el agua del grifo es mala”, dejará de exigir su mejora como una prioridad política y aceptará el hecho como una anomalía fatal e inevitable, casi como el clima. Algo que no tiene remedio. El colmo de la situación será que existan ediles que compren agua embotellada mientras defienden la calidad del grifo. Lo que nos dicen, entonces, es: “Nuestras palabras dicen una cosa, pero nuestros miedos dicen otra”. O dicho de otro modo: “haz lo que digo, pero no lo que yo hago”.
Y, punto cuarto, esta situación revela que el individualismo -no digo egoísmo-, cuenta mucho más que el bien común. Lo que tiene un efecto colateral bastante jodido: atomizar la solución al problema que tiene Villafranca con los nitritos. En lugar de una movilización ciudadana que exija plantas de desnitrificación o control de vertidos en el origen (que sería la respuesta ética y colectiva), la gente opta por la “solución de supermercado”.
Puede que resulte duro decirlo, pero diría que estamos ante una victoria del interés individualista a corto plazo sobre la inversión pública a largo plazo. Al comprar la botella, el ciudadano soluciona su problema hoy, pero perpetúa el problema de todos para siempre, permitiendo que el Ayuntamiento se ahorre la inversión en infraestructura. La botella de plástico se ha convertido en el monumento a la incompetencia política y al miedo ciudadano. Mientras el agua embotellada sea la solución fácil, la infraestructura necesaria seguirá siendo una promesa olvidada en los presupuestos. ¿Cómo salir de este túnel? Me da que no tiene solución, mientras sigamos mirándonos al ombligo y veamos en él el alfa y la omega de nuestra vida.
Piscis

