Cosas de Villafranca y otros pueblos
Vecino. Informacion.

En la mayoría de los pueblos de la Ribera de Navarra el conocimiento no se adquiere leyendo, estudiando o contrastando información. No. Y Villafranca no es una excepción. Aqui la sabiduría brota espontáneamente, como las malas hierbas entre las grietas de una acera en agosto. Es una especie de don colectivo, una iluminación permanente que permite a cualquier indocumentado opinar con absoluta certeza sobre geopolítica, medicina, economía, agricultura, inteligencia artificial y la alineación del Alesves, todo ello en el mismo café.
La característica principal de esta aristocracia intelectual autoproclamada es que nunca duda. Dudar sería reconocer la posibilidad de estar equivocado, y semejante extravagancia no encaja en una cultura donde la convicción personal vale más que los hechos. Aquí, quien más grita suele tener más razón, y quien aporta datos, o una visión diferente, corre el riesgo de ser considerado un excéntrico o, peor aún, alguien que se cree mejor que los demás.
Resulta fascinante observar cómo gran parte de esta sociedad, de sus gentes, prefieren cultivar el músculo en gimnasios, prefieren cultivar la línea, prefieren la información que circula por otros canales mucho más modernos y eficientes. Un vídeo de veinte segundos en TikTok, acompañado de música épica y subtítulos en mayúsculas, tiene una autoridad que ya quisieran muchos investigadores tras décadas de trabajo. Lo importante no es comprender un tema; lo importante es haber visto un reel sobre él.
La superioridad moral e intelectual es otro de los grandes patrimonios de esta sociedad. Cada vecino se considera una especie de observador privilegiado de la realidad, rodeado de gente equivocada. Paradójicamente, todos comparten esa misma percepción. Es un milagro estadístico: un pueblo entero compuesto exclusivamente por personas que tienen razón mientras los demás están confundidos.
Así se ve, así se come, así se trabaja, así se festeja y así se gobierna en la localidad. Pan y circo, es el método. “Carpe diem” es la forma. Y criticar al vecino es el remedio para conseguir tapar las señales que avisan de los desajustes humanos sociales, intelectuales y carnales propios.
La crítica, por supuesto, es una actividad reservada para los otros. La autocrítica se percibe como una costumbre progre y rara, probablemente importada de algún lugar sospechoso. Cambiar de opinión después de conocer nuevos datos equivaldría a admitir una derrota, y nadie quiere semejante mancha en su historial de profesor de Harvard.

