Confundir la crítica con el sectarismo
Vecino. Informacion.

Recientemente, ha circulado un no se sabe bien cómo calificarlo, desahogo, rabieta, panfleto, el cual, con una vehemencia más propia de un amor pasional que de un análisis reflexivo, pretendía dar una “bendición ecuménica” a todo lo que se ha construido en Villafranca, independientemente de las siglas de quien ostentara el bastón de mando. A primera vista, podría parecer un loable ejercicio de neutralidad política. Sin embargo, cuando se rasca la superficie del “todo me parece bien”, aflora una contradicción tan grande como las infraestructuras vacías que el propio texto enumera. Se admite, con una ingenuidad y naturalidad envidiables, que se ha invertido una auténtica millonada en polideportivos donde no juega nadie, pistas de pádel olvidadas, frontones desiertos y campos de fútbol fantasma.
Pero, en un sorprendente giro argumental, la culpa de este desierto y desplante no es de quien diseña los proyectos sin consultar ni planificar, sino de los vecinos que, caprichosamente, deciden no usarlos. Bajo esta curiosa premisa, la gestión pública no consiste en escuchar las necesidades reales del pueblo, sino en edificar ocurrencias y luego culpar a la ciudadanía por no tener la deferencia y educación, obligadas al parecer, de habitarlas.
El verdadero debate en Villafranca no gira en torno a si el gimnasio es necesario o si las “zonas verdes” son un capricho. El debate de fondo, el que verdaderamente incomoda, es el de las formas utilizadas por la mayoría municipal del Ayuntamiento. Claro que, si esas formas de actuar se corresponden con un pensamiento político equis, entonces, fondo y forma son elementos de la misma moneda, como la cara y la cruz. Son interdependientes.
Se comprenderá bien que hilar fino no es un defecto; es una obligación democrática cuando se gestiona el dinero de todos. Criticar que se levante un nuevo gimnasio no es estar en contra del deporte ni de la actual alcaldesa, como tampoco lo fue en su día señalar los errores anteriores alcaldes. Lo que la crítica ciudadana y los canales de opinión independientes intentan poner sobre la mesa es un concepto tan maduro como constructivo: la planificación frente a la improvisación; el consenso frente al autoritarismo. Es precisamente la falta de diálogo la que condena las obras a convertirse en monumentos a la desolación. Un gobernante maduro entiende que la fiscalización no es un ataque personal ni un intento de “dar por culo” -así lo dice el texto aludido-, según quién firme la obra. Al contrario, la crítica bien fundamentada suele llevar implícita la mejor de las propuestas: la de pararse a pensar antes de gastar, la de consensuar con los vecinos para que los proyectos nazcan vivos y no mueran al día siguiente de la foto de inauguración.
Decir que todo lo que hace cualquier sigla “está de puta madre” (por volver a citar el léxico del texto original) no es ser un ciudadano ejemplar ni comprensivo; es, simplemente, renunciar al espíritu crítico. Villafranca no necesita un conformismo ciego ni necesita que se culpe a sus habitantes por el desuso de las obras de turno. Lo que necesita son proyectos que respondan a un plan de futuro, nacidos de la participación y no de la imposición. Participación, no imposición.
Porque es muy probable que quienes “hilan fino” son los que verdaderamente se preocupan por el pueblo. Porque gastar el dinero de todos es fácil; lo difícil, y lo que define a la buena política, es gobernar con el oído puesto en la calle y no sólo en el cemento.

