EL CIVISMO SE EMPIEZA A DOS PATAS

Vecino. Informacion.

EL CIVISMO SE EMPIEZA A DOS PATAS

Recientemente me acerqué a visitar la reforma de la “caseta de la discordia”, esa histórica casilla del guarda que tantos lectores tertulianos guardarán en su memoria por motivos que no vienen al caso. Debo confesar que me costó reconocerla: donde antes había un sencillo refugio con un cuarto abierto -siempre dispuesto para socorrer al caminante en apuros-, ahora luce un coqueto porche. Y, como no podía ser de otra forma, el cuarto abierto ha desaparecido, aunque las normas sugieran que debería estar disponible según calendario. Aquel día que me acerqué, por fortuna, estaba abierta. Todo resultaba, en fin, “cuqui”: un interior que evoca un txoko, con su mesa de madera maciza, bancos, fogón y fregadero.

El exterior apenas había cambiado… o quizá́ sí. Bajo la chopera, ahora brotan mesas y bancos donde antes no los recordaba, junto a una colección de contenedores de todos los colores del arcoíris, dispuestos con celo para el reciclaje, e incluso una moderna cámara de vigilancia que todo lo observa. Lo que sí eché en falta fue la entrañable fuente o bomba de agua manual, aquella que años atrás servía para fortalecer los bíceps —evitándonos la tediosa necesidad de pagar un gimnasio—, pues si no le dabas a la manivela arriba y abajo, no salía ni gota del pozo. Los tiempos, ay, han cambiado, y las bombas del raso, del soto Romero, de la casilla del guarda y de la Pesquera han pasado a mejor vida.

Pero a lo que iba. Para la flamante inauguración, se convocó a la ciudadanía con el noble propósito de limpiar y adecentar la zona. Yo no asistí́, pero imagino que debió́ ser una mañana «maravillosa» para los más pequeños, cuyo esfuerzo limpiador fue debidamente recompensado con un almuerzo popular. ¡Qué lección de civismo tan ejemplar!

Cuál fue mi sorpresa, pues, al encontrar, a apenas tres metros de distancia, varias latas de cerveza reposando sobre el suelo y unos cuantos paquetes vacíos de tabaco como estatuas de la desidia. Y allí́, donde antaño se bombeaba agua, alguien había improvisado una pequeña fogata que me obligó a elucubrar sobre su oscuro propósito. ¿Sería para asar unas salchichas? ¿Una panceta? Difícil saberlo. Solo pude deducir, con lógica aplastante, que la casilla estaría, por supuesto, cerrada a cal y canto. Lástima que el calendario no favoreciera a este paseante.

En fin, amigos tertulianos, el Ayuntamiento nos alecciona sobre el civismo «a cuatro patas». ¡Qué ilusión! No sé, y no quiero pensar mal, pero quizás si empezáramos a cultivar el civismo en los bípedos —enseñándoles desde pequeñitos—, cuando alcancen la madurez, el civismo «a cuatro patas» se consiguiera por fin sin necesidad de tanta publicidad ni tanto despliegue contra la invasión de residuos animales. A lo mejor, el secreto está en empezar por los dueños antes de castigar a las mascotas.

José Etxai Larena