EL PIPI CANINO

Vecino. Informacion.

EL PIPI CANINO

No es la primera vez que traemos a este blog la iniciativa del Ayuntamiento de afrontar los problemas de limpieza derivados de las deposiciones y orina caninas. Por lo menos es la segunda. Y está bien que lo haga cuantas veces considere necesarias y oportunas.
Nos recuerda de nuevo que contamos con cómic digital y un video juego interactivo muy chachis para solucionar el asunto. Pero la cuestión de fondo sigue en pie: “¿Dónde están las líneas rojas de la responsabilidad del municipio y de los ciudadanos?”.

Y nos olvidamos de otra cuestión colateral. La cuestión es si hemos pensado en el problema de exigir a un perro que no orine y haga sus “cositas" contra fachadas, “quizales” y mobiliario urbano. La biología canina no es como la nuestra. Al menos, hasta el momento. Los perros utilizan la micción, no sólo para vaciar su vejiga, sino como un mecanismo fundamental de comunicación, marcaje y reconocimiento de su entorno entre sus pares. A ver, entonces, quién es el guapo que reeduca ese instinto biológico. Esa concienciación que pide el ayuntamiento a las personas no se lo podemos inculcar a nuestro perro, por muy listo que parezca. Las heces son otra cosa. El dueño debe recogerlas físicamente de inmediato, pero lo de controlar, no sólo el pipí, sino su dirección, es una tarea un tanto de difícil consecución, a no ser que se recurra a métodos coercitivos o antinaturales para el animal que, entonces, sí que la cosa se pondría fea.

El ayuntamiento desplaza la responsabilidad de la higiene, de la estética y del mantenimiento urbano en la espaladas del vecino. Por eso, se dirige a este diciéndole: “tu perro, tu responsabilidad”. Porque tú, y solamente tú, y tu perro, tenéis la culpa de lo que pasa con el pipí canino. Exigir civismo individual es de cajón y recoger las cacas por parte del dueño del cagón ladrador es incuestionable, pero ¿cuáles son las funciones del municipio? El ayuntamiento sabe que está obligado a dotar de espacios adecuados como zonas de esparcimiento canino, planes de limpieza con agua a presión y productos enzimáticos para disolver los ácidos de la orina. De ahí que fiarlo todo al dueño del perro para que lo convenza y se aguante las ganas o creer que un videojuego de 40 segundos despierte el civismo al que aludimos, parece un tanto ingenuo.

No negamos que recurrir a la educación de los más peques, es digno de elogio, pero resulta simplista ante un problema estructural de gran calado, que exige cultura, ilustración, ética y respeto. Sabe el Ayuntamiento que no ha conseguido concienciar, no a los perros que eso es más que evidente, sino a la ciudadanía de que la higiene pública es cosa de todos. El diseño utilizado comprado y publicitado no nace de una reflexión propia, ni de un proceso participativo con los vecinos y los propios servicios de limpieza del ayuntamiento. Por eso, la iniciativa se queda en una ocurrencia. Da la sensación de que ante la avalancha de tanto pis canino era necesario hacer algo en materia de civismo, pero limitar ese algo a publicar un comic y un vídeo o digitalizado, además de las pegatinas distribuidas por el pueblo, no solucionarán el problema de fondo.

Los problemas colectivos del pueblo hay que afrontarlos colectivamente, no de forma vertical. Hay que hablar con los vecinos y planificar con ellos qué medidas serían las necesarias para erradicar el fenómeno abrasivo del pipi.
Sin este compromiso vecinal y con la correspondiente ayuda de los recursos municipales oportunos, seguiremos en las mismas y diciendo a nuestro perro que “ahí no se mea, Lulú, guau”.

Pluto