UN RECORRIDO POR LAS FIESTAS QUE SE NOS ESCAPAN
Vecino. Informacion.

A estas alturas del calendario, con el programa de las fiestas patronales ya blindado, estas líneas no buscan la confrontación estéril, sino abrir una pausa para la reflexión de cara al futuro. Los años otorgan cierta perspectiva, y la mía está teñida de una profunda añoranza por lo que fuimos y el rumbo que vamos perdiendo.
• Los tiempos de la calle: Echo de menos aquel mes de septiembre -o finales de agosto- en que las calles y la plaza comenzaban a poblarse de tablones de madera de forma espontánea. Hoy, el montaje se adelanta a principios de agosto, convirtiendo el tránsito diario de peatones y vehículos en una carrera de obstáculos innecesaria. • La chispa de las pancartas y el humor: Se ha desvanecido el histórico concurso de pancartas de las cuadrillas. Bajo la excusa de una convivencia mal entendida que destierra cualquier atisbo de sana crítica, hemos perdido un acicate fundamental para que la juventud y el pueblo se implicaran desde el primer minuto. • Un ambiente que ya no desborda: Nostalgia de aquellos pasacalles que abrazaban cada rincón del municipio, incluidas las Casas Baratas, y de unas dianas florecientes donde la banda caminaba arropada por una marea de gente, y no por la soledad de sus instrumentos y algún despistado auroro. • Tradiciones vivas frente a la desidia: ¿Dónde quedaron la pasión por guiar a las vacas, los almuerzos populares o la mítica degustación de vino maridada por las cuadrillas y su concurso de botas? Hoy se confunde la verdadera participación comunitaria con la masificación comercial y el consumo pasivo. • El pulso de los festejos taurinos: Reivindico el espectáculo de los recortadores locales o de anillas, y unos encierros madrugadores -a las ocho en punto- que, con su pizca de peligro y el correteo imprevisible de las reses, tenían alma, frente al descafeinado horario de las once. • La identidad de las Peñas y los concursos: Se diluye el tejido festivo cuando el Día de las Peñas se encorseta en un viernes y se olvidan las mañanas de competición castiza: la cucaña, los sacos, la sokatira o el inolvidable Gran Prix. ¿Quedará alguien que recuerde al último valiente capaz de coronar la cucaña? • Cultura y música con raíz: Añoro los calderetes multitudinarios donde bullía la verdadera fraternidad, los conciertos de música en el frontón frente al aforo encorsetado de los bares, y el impagable empeño de vecinos como Genaro impulsando la Ronda Jotera por puro amor al arte. Desde la despedida de los gigantes hasta el último suspiro del “pobre de mí” a medianoche, estas fiestas fueron el espejo donde se miraba toda la Ribera. Pero que nadie se preocupe: apenas se apaguen los ecos festivos, llegarán las sesudas jornadas del barroco, donde el programa brillará con calculado rigor y dejaremos de añorar la vida en la calle. Al fin y al cabo, como sentenciaba Jorge Manrique, cualquier tiempo pasado nos parecerá siempre mejor, pero no lo recuperaremos si no interesa.
José Etxai Larena

