¿QUIÉN Y CÓMO ACABARÁ CON ESTA PLAGA?

Vecino. Informacion.

¿QUIÉN Y CÓMO ACABARÁ CON ESTA PLAGA?

Como suele ser habitual, salgo a pasear por los alrededores de nuestro pueblo. Y, sinceramente, lo que suelo encontrarme a menudo en estos parajes no es, precisamente, de mi agrado. Ayer mismo sufrí un ataque de ansiedad como jamás lo había experimentado: el insoportable hedor de los purines depositados en unas fincas de Las Navas tuvo la culpa.

Una vez repuesto -para lo cual hube de alejarme unos cuantos kilómetros de la zona-, y ya en el trayecto de regreso hacia el casco urbano, me crucé con varias personas que, para decirlo de una vez por todas, estaban indignadas. Se lamentaban de los continuos robos que sufrían en sus huertas. No era la primera vez que escuchaba semejantes quejas. Se llevan melocotones, manzanas, peras, pavías, tomates, ciruelas, lechugas, cebollas, puerros…

En mitad de sus lamentos, deslizaron que conocían la identidad de los autores, pero que resultaba inútil alzar la voz ante el Ayuntamiento. No lo decían por falta de insistencia, sino por la absoluta indiferencia municipal ante sus reclamaciones. Les pregunté si habían formalizado alguna denuncia contra estos amigos de lo ajeno. Me respondieron que no. Mi reacción fue inmediata: -Bueno, es lógico que el Ayuntamiento no os haga caso si no presentáis una denuncia oficial. Se revolvieron al instante y, con la veteranía de quienes ya conocen el percal, replicaron: -Ya lo hemos hecho otras veces y nunca ha pasado nada.

Volví entonces a la carga: -¿Y qué tendría que suceder para que pasara algo?

La respuesta fue unánime: -Poner guardas. Antes, cuando yo era un muete, había en el pueblo cinco guardas. No sé si se robaba más o menos -y eso que entonces había más hambre-, pero me da la impresión de que no se robaba tanto como hoy, cuando curiosamente nadie en el pueblo parece pasar por grandes calamidades.

Ahí concluyó nuestra conversación. Desconozco qué pensará el lector, pero la sensación con la que me marché de aquel encuentro es que la desconfianza hacia la administración municipal tendrá o no fundamento, pero el furtivismo en las huertas del vecindario lejos de ser una moda pasajera, sigue siendo un hábito arraigado. Un problema cuya única solución parece ser la tradicional: la vigilancia y la sanción, ejecutadas no por el propio hortelano, sino por la autoridad municipal.

Al fin y al cabo, y como decía aquella vieja canción, robar para comer no es pecado; pero claro, cuando se hurta para surtir la despensa de buenos postres y mermeladas de melocotón o de higos, la cosa deja de ser una urgencia vital para convertirse en un lujo. Y eso sí que no. Los lujos hay que pagarlos.

Paseante