BROMA DE MUY MAL GUSTO
Vecino. Informacion.

Es difícil calificar el hecho. ¿Esperpento, caricatura, grosería? Una vez leído el relato que sea el lector quien lo haga. Desde luego, lo que no se podrá decir jamás es que se trata de un acto político. Quizás, podría estar a la misma bajura moral que el acto de la diputada del PP exhibiendo en las Cortes un gas pimienta. Una orate política que, automáticamente, debería haber sido expulsada del partido.
Como habría que hacer con la persona que ha tenido la ocurrencia de protagonizar la anécdota que a continuación relato. Nos encontrábamos varias personas en un Bar de Villafranca y en su barra se exhibía unos pinchos suculentos que pretendían ser evocaciones gastronómicas que consumían nuestros antepasado barrocos.
Uno de esos pinchos era un plato de orejas de cuto, de una apariencia suculenta, sólo que al fijarnos en el nombre que habían puesto a tal exquisitez rompía todo su decoro La habían titulado con el apelativo “Oreja de Sánchez”. Y no hace falta decir a qué Sánchez quería referirse el master chef correspondiente que le puso la etiqueta.
¿Qué decir? Me gustaría que el hecho solo fuera una muestra zafia del quien así ha procedido, y que no fuera síntoma de una patología colectiva. Es propio del fascismo reducir al adversario político -sea quien sea y ocupe el cargo que ocupe-, a un despojo animal destinado a la mofa tabernaria. Si es como digo pondría de manifiesto la existencia de minusválidos mentales que ignoran en qué consiste el respeto. Deshumanizar al contrincante de forma tan grosera solo puede hacerlo alguien que no merece convivir en la civilización. Debería pensárselo y, quizás, irse al monte a criar una piara de cerdos.
Bautizar un plato con el nombre de un cargo público para mofarse de él no es humor popular ni sátira inteligente; es una forma de deshumanización que busca convertir al rival en un objeto de consumo grotesco.
No quiero calificar este comportamiento de “fascista, porque no podemos caer en la generalización y, menos aún, elevar dicho gesto a símbolo de un comportamiento generalizado. Pero ojo, porque si hace escuela esta gestualidad, la cosa se pone seria.
En todo caso, que los rectores de un Bar, habitualmente un lugar de encuentro, se preste a este tipo de “bromas políticas” demuestran tener una cortedad de visión práctica del negocio elocuente.
Cuando la cutrez se disfraza de humor festivo, lo que deja en el aire es un olor insoportable que inunda a quienes lo permiten. Quiero pensar que el desprecio en gracia local no forma parte del carácter de las gentes de Villafranca, pero si la cosa se repite, tendremos que empezar a cambiar nuestra opinión.
No podemos olvidar que bajo ninguna premisa, bajo las siglas, los cargos y las ideologías hay personas, y que la convivencia democrática se sostiene sobre el frágil acuerdo de no convertir al adversario en un enemigo al que se puede devorar metafóricamente en la barra de un bar. Y, si el bar se presta a este tipo zafiedades, habrá que tomar medidas más drásticas. El Ayuntamiento, también, debería dar un toque de atención a ese Bar, que, a estas alturas, forma parte de la vox populi.
Ratatouille

