INMIGRACIÓN EN VILLAFRANCA: EXPLOTACIÓN LABORAL MASIVA Y SUICIDIO POBLACIONAL

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INMIGRACIÓN EN VILLAFRANCA: EXPLOTACIÓN LABORAL MASIVA Y SUICIDIO POBLACIONAL

«Se refleja tanto la menor natalidad de los años ochenta y noventa como la emigración de jóvenes adultos en edad formativa y laboral. Dicha pérdida de población se está notando cada vez más en la acuciante escasez de personal que con creciente frecuencia sufren empresas de todos los sectores.» (Diario de Navarra, 9/5/26) «Las patronales de sectores con más trabajadores extranjeros aplauden la regularización.» (El País, 29/1/26) «Empresarios piden reforzar las políticas migratorias ante la falta de mano de obra en España.» (InfoM, 28/10/2026) Y así, un sinfín de titulares más.

Es evidente, lo es para muchos observadores críticos, que los beneficiarios directos de los procesos migratorios son los empresarios y las grandes corporaciones en su conjunto; ni son «los zurdos», ni, no nos engañemos, pensando que se trata de una forma de solidaridad mundial. No podemos asegurar que sean los únicos, al menos que lo sean de forma exclusiva y excluyente, pero rozan esa casi totalidad de gente desaprensiva que se beneficia, básicamente, de la gente necesitada. No lo decimos por experiencia directa, pero la historia es lo que enseña de modo definitivo y cíclico. El fenómeno de la inmigración masiva se ha convertido en una privilegiada estrategia de los grupos empresariales para aumentar su rentabilidad, utilizando para ello una fórmula tan infalible como ilegal: la reducción drástica del coste de la mano de obra. No buscan la innovación, ni la automatización futura; el objetivo es y ha sido siempre abaratar el factor humano. Y poco les importa que, en tiempos pasados, los humanos destruyeran máquinas y tecnologías varias, porque la clave es tener a la persona cogida por donde más suele doler: su indigencia económica. A partir de esta, las posibilidades de deshumanización están en relación directa con el rendimiento económico. Y en Villafranca, ¿quién necesita mano de obra barata?

No le demos más vueltas. Está a la vista de todos. Principalmente, el sector agroindustrial y la agricultura: IAN, Gutarra, Frisa, Gelagri Milagro y los jornaleros del campo. Resulta curioso que, de manera constante, jamás se les haya visto ni oído dar la cara por esta realidad. Y, por el momento, dejaremos de hurgar en este sector, aunque ya tocará el momento de hacerlo.

Analicemos los datos: Villafranca cuenta, según el censo de 2025, con 3.168 habitantes y una población activa en disposición de trabajar de 1.703 personas (excluyendo menores, jubilados, enfermos y otros colectivos). La localidad destaca por tener una de las tasas de población extranjera más altas de toda la Comunidad Foral: 982 personas, lo que supera el 31 % del censo total. El perfil migratorio en la comarca está fuertemente marcado por la presencia de ciudadanos procedentes del norte de África. Pero que, sumados a otras comunidades, dan un severo número de una realidad taxativa y que, si preocupa a las autoridades, no lo dan a entender. Y no se confunda preocupación por peligro, sino como dato descriptivo de una evolución migratoria que, hasta el momento, se ha aceptado sin más, pero sin contar con una integración real de esa tasa de ciudadanos emigrantes. Y sabemos por la historia que la falta de integración al final se paga de muchos modos. Si extrapolamos ese porcentaje al total de puestos de trabajo que generan la agroindustria y el campo en la zona (unos 965 empleos), nos da una cifra de aproximadamente de 300 trabajadores de nacionalidad extranjera ocupados en dichas fábricas y explotaciones. Los números encajan con el censo.

La evidencia es contundente. Sin inmigrantes, Villafranca se quedaría en unos escasos 2.186 habitantes, con una media de edad muy avanzada. En un par de décadas apenas alcanzaría los 1.500 vecinos, aún más envejecidos. Cualquiera con dos dedos de frente debería de ser capaz de conectar la necesidad de trabajadores con el sostenimiento de las pensiones de nuestros mayores. Bueno, con una excepción: los de Vox no son partidarios de este criterio. Y tampoco vamos a ahondar en ello, pues su lo que opina es detritus.

El hundimiento de la tasa de natalidad no es un fenómeno nuevo; se desencadenó hace cinco décadas. Pero esa realidad que se veía venir se ha convertido en un problema real que, no sabemos si fatalmente, pero ya no tiene remedio. ¿Razón? Muy evidente: los seres humanos no se pueden fabricar en serie. Y no, en esta ocasión, no lo es sintiéndolo mucho por sus detractores, pero la culpa no es de «Perro Sánchez». Más bien sufrimos las consecuencias de 40 años de brutal dictadura, miseria y falta de libertades -especialmente para las mujeres-, seguidas de unos años de tímida y limitada democracia en los que la sociedad prefirió disfrutar de un merecido carpe diem mientras se articulaba el Estado actual que llaman de Bienestar, pero con unas bolsas de pobreza que dan miedo.

La respuesta a la falta de hijos no la han dado los políticos, sino los verdaderos «dueños del cortijo». Titulares como este son el fiel reflejo de la situación: «Iberdrola, Endesa, Repsol y Naturgy proyectan un año de ganancias récord y riegan con 9.000 millones a sus accionistas». Y estos son solo los gigantes de la electricidad, el gas y los carburantes. Falta sumar las cifras de las telecomunicaciones, la banca y otros sectores.

Agarraos por donde tengáis por costumbre hacerlo, porque lo que viene va a ser de órdago. Y, si no hay percha salvadora donde agarrarse, invoquen al santo que tengan por costumbre rezar, clamar e implorar. Pero no lo hagan al rico y potentado empresario, ni muchísimo menos a las derechas que sostienen sus regímenes de explotación, porque no conseguiremos siquiera un bono de comida para todo el mes. Y, si lo consiguen, sospechen radicalmente de ese gesto. El empresario no da nada gratis.