No es la primera vez que me asomo a esta ventana. En efecto, soy el paseante, que, en la mayoría de las mañanas del año, me paseo por los caminos y sotos, extramuros y linderos de nuestro entorno villafranqués. Y, aunque ya he contado en otras ocasiones esta aventura que os cuento, os la vuelvo a relatar como la canción antigua del colacao. Soy ese paseante que, más feliz que unas castañuelas, va tan tranquilo paseando por caminos entre hectáreas y hectáreas de maíces y otros campis, sintiéndote, no en plena comunión con la naturaleza porque eso es imposible, pero sí, con esa paz espiritual que te da el campo abierto, sin ruidos, no diré sin olores, porque no sería verdad y, ¡zas!, de repente, sin previo aviso, se desata una lluvia jupitérica de agua pulverizada que te deja paralizado, por no decir muerto matao. Pretendes escaparte de esa situación, pero no puedes, porque por mucho que corras el único horizonte posible que tienes delante para huir son más tallos de maizales cargados de rocío y agua. Y yo, sinceramente, no soy Usain Bolt en sus mejores récords.